Vivimos una tarde inolvidable, contemplando las impresionantes vistas desde el mirador de la Galiana en el Cañón del Río Lobos y visitando una de las muchas cuevas del Cañón. En un abrir y cerrar de ojos pasamos de contemplar alturas y anchos horizontes a sumergirnos en las entrañas de la tierra: Oscuridad, rocas, estalactitas impresionantes de todas las formas y colores, algunas fuertes como pilares de hormigón y otras delicadas y finas como un cabello humano. En la cueva, también nos encontramos con alguno de sus habitantes: Descubrimos un pequeño murciélago que, colgado de una de las oquedades de los muros de la cueva, dormía plácidamente sin que, aparentemente, le molestaran nuestras voces ni nuestras linternas. Cuando llegamos a la gran cámara de la cueva improvisamos un pequeño altar y rezamos a la Virgen, en este mes de mayo, que los cristianos dedicamos a nuestra Madre del Cielo.










